Stalemate
No. No era ese mi destino el convertirme en reina dejando a mi familia lejos, sin deudas, pero lejos.
Me vendieron como a una de las cabras del vecino, como quien dice. El futuro rey se encaprichó de una plebeya sin apellido, de sangre desleal, pero él lo desconocía, por supuesto. Ante las palabras del rey, su padre, el mío no dudó: ¡por supuesto que me iría a palacio! Aquello era un verdadero honor. A pesar de que en casa no había ni una sola estampa del rey ni de la religión que se profesaba en aquellas tierras. Mi madre no dejó de mirar a su marido, mi padre, con lágrimas en los ojos, sin poder hacer nada. Mientras, yo, suplicando que no se me llevaran, que trabajaría el doble para pagar las deudas, queno quería marcharme de allí, a penas había cumplido los diecisiete años. No era mi momento de marcharme. Mis lágrimas fueron ignoradas, más bien burladas. El rey me agarró por la muñeca causándome dolor y me llevó hasta palacio en uno de sus coches tirado por caballos blancos. No pude despedirme.
Tan solo pasaron dos semanas de mi nueva vida cuando el rey, misteriosamente, falleció. Nadie supo cómo, era demasiado joven todavía. Había criadas que decían que todavía podía engendrar algún que otro hijo. Pero yo lo dudaba. En mi corta estancia en palacio solo había escuchado falacias y comentarios vomitivos. Aquella gente solo trabaja por el dinero, me decía a mí misma cada día para poder soportarlo, nadie piensa lo que dice, me repetía. Porque era verdaderamente imposible. Y, la mañana del fallecimiento del rey, su hijo, quien iba a desposarme, fue proclamado rey, pero antes, debíamos casarnos ante el pueblo. Hubiera querido una boda sencilla, con un par de invitados, pero, obviamente, no fue así. Un rey no debe casarse de manera tan modesta. Nos visitaron otros regentes de reinos vecinos, la alta sociedad, incluso, obedecieron uno de mis deseos, invitaron a varios comerciantes del reino, pero no dejaron pisar el castillo a mi familia. Los ganaderos de las lindes del reino no eran bienvenidos, al parecer.
Durante el casamiento solo hablé cuando se me preguntó, ni una palabra más ni una menos. El nuevo rey estaba pletórico, me agarraba de la mano con elegancia y suavidad. Parecía que los cuentos de hadas que se contaban podían ser ciertos, pero jamás vi a una reina sonreír en público. Y tenía miedo por todas esas leyendas que circulaban en las calles más oscuras del reino. Me temía que fueran ciertas y que mi futuro estuviera contado como las perlas de mi vestido.
Tan solo pasaron tres meses y ya esperábamos el primer vástago. El rey repetía que debía ser varón, que él fue el primogénito y llenó de dicha el castillo y, por ende, el reino. Se me ocurrió preguntar:
—¿Y si fuera una niña?
Me fulminó con la mirada y salió de la habitación en silencio.
En el momento el parto, al ver que su primer heredero no era varón, salió de la habitación pegando un portazo. Y desde aquel día, no dirigió su mirada ni una sola vez a su primogénita. Para él no existía y yo quise hacer exactamente lo mismo con él. Llegué a pensar que sería diferente a su difunto padre, pero nada más lejos de la realidad: eran exactamente iguales.
Meses tras el nacimiento de nuestra hija, él quería volver a engendrar a su deseado varón, pero yo me impuse ante él en su momento más vulnerable. Le obligué a escucharme. Le obligué a aceptar el trato. Le obligué a ejercer de padre de nuestra hija. Me alcé como reina que era, como la reina que me obligaron a ser. No quería ser reina de sonrisa, quería ser reina de peso. Y, para empezar a serlo, el mismísimo rey debía escucharme y aceptar mi trato, sino... todo su reino se vendría abajo, y él el primero. Porque sí, conocía su secreto: él acabó con la vida de su propio padre. Y eso, el pueblo, no podría perdonarlo.
"Stalemate, my lord".
Imagen Pinterest.

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